martes, 5 de febrero de 2019

say you say me


Parece una duda recurrente como traducir el verbo «say» cuando se repite hasta la saciedad en inglés. Mi respuesta, como siempre, está en torno al «depende». Sí, sé que da rabia, pero así es la traducción. No hay apenas reglas y las que hay, como en el arte, hay que conocerlas para romperlas.

¿De qué depende, pues, cómo traducir el archirrepetido «say»? Principalmente, de si es una marca de estilo o de falta de él.

Caso célebre:
Aunque las reyertas a golpe de periódico, en la que los contrincantes se contestan públicamente en cartas a los medios, parecen una cosa del pasado, no hace muchos años que cierto traductor y cierta escritora eligieron ese medio para enfrentarse en cuanto a este tema. La cuestión era la abundancia de este verbo dicendi en Carver y la variedad de verbos que se encontraba, en cambio, en la traducción. No os contaré toda la historia (que podéis leer en el enlace de arriba); lo que nos importa es que, en el caso de Carver, el «laconismo repetitivo no es una pobreza expresiva (ni del autor ni del traductor), sino un recurso estilístico (de una gran fuerza y belleza literarias, por cierto)». Es decir, es una marca de estilo y no se puede cambiar. 

Caso anónimo: 
Por otra parte, ¿qué pasa si el «laconismo repetitivo» se da en una novela en la que hay un argumento plano, unos personajes más planos aún, tres recursos, muchas páginas y apenas dos dedos de frente? Pues que casi es un imperativo quitar, cambiar y hasta inventar algún verbo si uno quiere que el lector no muera de empacho. 

Pregunta del millón: 
¿Cómo saber si es una marca de estilo o falta de él? Bueeeeno, esta no te va a sorprender: hay que leer mucho. Y hay que leer a gente con estilo, claro. Hay que leer a Carver para conocer la fuerza de la repetición. A Hemingway para saber todo lo que puede esconder una frase de seis palabras (Se vende: patucos, no pude usarlos). A Woolf para encontrar frases de 14 líneas en las que no sobra una palabra. A Pardo Bazán por sus descripciones. A Dumas por sus argumentos. Y a otros muchos por otras tantas razones. Porque es difícil distinguir el estilo si no lo has visto nunca. Aunque también te digo, querido traductor, que se intuye fácil porque es como la mirada de la Bacall: aplasta.  

Y hasta aquí mi digresión de hoy. No creas en las fórmulas. No es verdad que funcionen siempre. No, al menos, en un oficio que tiene más de artesano que de técnico. 

Si eres de otra opinión, por supuesto, estaré encantada de oírla.

(imagen).

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