Cuando estudiaba Traducción, el padre de una amiga me habló de la primera traductora que conoció en su vida.
Allá por los años sesenta en Coruña, un amigo suyo se había echado un ligue norteamericano. La chica, que él pintaba como la típica liberada de las películas de la época, era traductora. No sé cuánto tendría que ver una cosa con la otra…
En verano, se plantaba su biquini y un caftán, agarraba su máquina de escribir, el libro, papel, típex, una sombrilla y sus cigarrillos, y se bajaba a la playa, a sentarse a traducir. Tiqui tiqui tic, tiqui tiqui tic.
Así me imaginaba él en el futuro y así me pintaba yo en mis felices sueños.
Cambia la máquina de escribir, con su papel y su típex, por un ordenador, y la playa y su sombrilla, por un tren, y mi vida itinerante pierde todo glamour. Pero lo cierto es que he ejercido lo que ahora llaman el nomadismo digital y que estoy dispuesta a volver a hacerlo. Porque me gusta. Porque solo requiere un poco más de organización y, si no eres de las que trabajas 10 horas al día (y aun así), pasear por sitios diversos y poder tomar nuevos aires mientras trabajas merece la pena.
Eso sí, no es apto para introvertidos y retrovertidos que trabajan en pijama.
(foto).
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